Este tablero de mármol blanco está formado por dos piezas en las que se ha ejecutado una rica decoración entre la que sobresale un árbol de la vida con grandes hojas, múltiples piñas y dos aves contrapuestas, cuyas miradas están dirigidas a lados contrarios. Estos símbolos están fuertemente entroncados con la cultura islámica. Para los musulmanes, la Creación entera es un jardín; los seres humanos no dominan la naturaleza, sino que ambos se relacionan y benefician mutuamente.
La pieza se conservaba en el convento de la Concepción Francisca de Toledo hasta 1922, cuando fue incorporada a los fondos del actual Museo de Santa Cruz. Aunque no se conoce su origen con total seguridad, es bastante probable que proceda de los palacios andalusíes situados en el al-Ḥizām (Alficén), la alcazaba de Ṭulayṭula, donde primero los gobernadores de Córdoba y después los reyes taifas tuvieron su centro de poder.
El tablero se ha fechado habitualmente en el siglo XI, de modo que coincidiría con el reinado de la dinastía Banū Ḏū l-Nūn en Toledo. Esta pieza, tanto por su material como por sus motivos decorativos, sería una muestra de la conexión que estos monarcas quisieron establecer con el lenguaje omeya del recién desintegrado califato de Córdoba. La magnificencia de los palacios queda patente por un relato de Ibn Ǧābir, a través de Ibn Ḥayyān, sobre la fiesta de circuncisión del nieto del rey al-Maʾmūn. Un fragmento, sobre una de sus estancias, dice así: «Yo fui uno de los que quedaron aturdidos por la locura de aquella sala, y lo más extraño es que mi vista quedase como encadenada por la belleza y ornato de aquella».

